Artículo redactado por: Elisa Suárez.

Desde hace más de 60 años Hollywood ha encontrado la fórmula perfecta: Juventud=dinero, explícitamente sacándole jugo a las películas denominadas coming of age.

Unos de los claros ejemplos serían: Rebelde sin causa (1955), Vaselina (1978), El Club de los cinco (1985) o Mean Girls (2004), películas que han marcado por completo a varias generaciones y que seguirán marcando la tendencia de dramas adolescentes.

Estos dramas no son tan difíciles de digerir y llevan la fórmula exacta de amor, amistad, mentiras y reconciliación. No obstante, el tema aquí no es si las historias son repetitivas, el tema es quién escribe estas historias: ¿Es un hombre o una mujer?, ¿Son dirigidas por directoras o directores? Y, sobre todo, ¿qué género las consumirá más?

Estos filmes en su mayoría son consumidos por mujeres, pero escritos y dirigidos en un mayor porcentaje por hombres. Esto crea de cierta manera una concepción errónea de la juventud femenina, de sus pensamientos, ilusiones y problemas.

Es necesario que más mujeres estén detrás de la creación de estas historias y que el retrato de la mujer sea cada vez más verdadero y honesto, tocando temas como el de la masturbación o la primera relación sexual desde una perspectiva que solo una mujer puede contar.

Existen ejemplos de películas con historias llenas de feminidad y rudeza, hechas por mujeres (y no solo para mujeres), que exaltan la juventud desde un punto de vista más real pero también más permisivo.


Ladybird, (2017, Greta Gerwig)


Mustang (2015, Deniz Gamze Ergüven)


Turn me on, gaddamit (2011, Jannicke Systad Jacobsen)